lunes, 31 de octubre de 2011

La decisión de Genoveva y Zia

Zia y Genoveva se encuentran caminando por todo lo largo de la acera en una calle en el centro de Tepoztlan. Mientras caminan, observan detenidamente el lugar, apreciando los detalles arquitectónicos que este lugar ofrece; sus edificios datan desde la época colonial, mostrando su debido deterioro al paso de los años, pero sin perder su aspecto clásico y asombroso. 

Mientras caminaban, Zia y Genoveva se detienen frente a un puesto de periodicos para observar  las noticias que acontecen ese dia. En especial se detienen en una: "Se confirma que el arbol de la vida será trasladado a Marte". A Genoveva le conmociona la noticia, ya que todavia recuerda cuando lo vió antes de llegar a este planeta.

Le comenta a Zia que le gustaría saber mas sobre este suceso; Se dirigen a un café internet para buscar en la red más información sobre este traslado del árbol. En esta busqueda, encuentran que existe un libro que describe la situación en Marte: "Crónicas Marcianas" de Ray Bradbury. Zia le pregunta Genoveva si le interesaría ir a buscarlo, ya que en el camino se acuerda haber visto una librería.

Genoveva asiente, y juntos se dirigen a la libreria. Ya adentro, le piden al vendedor que les muestre ese libro. Genoveva lo hojea y logra darse una idea muy general de la situación en Marte. Le agradecen por su tiempo al vendedor y salen de la librería. Se dirigen a un pequeño parque que se encuentra cerca de donde están para sentarse y pensar mejor las cosas. Era tiempo de decidir lo siguiente que tenian que hacer con la información recabada.

domingo, 30 de octubre de 2011

Víctor, su sueño, y Marte...


Después de un largo viaje de regreso desde Madero, Víctor llegó un tanto desconcertado y pensativo a la puerta de su departamento. ¿Cómo es que todo había ido de la manera que él menos había deseado? Entonces le vinieron unas ganas enormes de volver, de hace cambiar de opinión a Carla, pero también se dio cuenta de que si las cosas las había decidido así tenían una razón de ser. Tal como Carla lo había planteado, las cosas hubiesen resultado demasiado complejas entre ellos. La posibilidad de conocer y de responder por su hija estaban ahí, aún cuando no estuvieran juntos, pero por otro lado se acordó de esa frase que le había dicho a Carla.. "No me siento bien diciendo esto, pero tienes razón, a quien de verdad amo es a Ethel" ... fue ahí cuando se quedó atónito. Inmediatamente sintió algo frío que recorría su cuerpo; era el sentimiento de arrepentimiento, algo definitivamente no estaba bien. 

Su mente comenzó a darle mil vueltas, pensando en todas las cosas que habían pasado desde que se encontró con ese árbol en el centro comercial. Entre todos sus pensamientos sintió un sueño que caía levemente sobre sus hombros , como lluvia ligera. De pronto su último deseo, antes de caer en el sueño más profundo, pensó: “Ojalá nada de esto hubiera pasado”. Era un sueño fuera de lo común, Víctor  tenía esa sensación  de que a partir de ese momento las cosas no volverían a ser las mismas…. Su sueño comenzó con la imagen de Ethel, tan angelical, tan inocente, tan hermosa, tan ella. Iban tomados de la mano, paseando por Galerías Cuernavaca. Disfrutaban de su noviazgo a cada paso que daban, compartían un beso de vez en cuando. Soñaba y volvía a vivir cada instante, hasta cuando entraban al cine a ver una película de amor. Pero vaya sorpresa que se llevó cuando la película no resultó ser del todo agradable: unas escenas de violación invadieron su mirada. De ser un sueño lindo a lado de su novia, de pronto ésta desapareció; Carla tomaba su lugar ahora. Y cuando pensaba que todo estaba perdido, de pronto despertó.

Un aire húmedo lo envolvía, el calor simplemente dejaba sus huellas con unas gotas de sudor posadas en su frente. Se estiró un poco y comenzó a explorar su alrededor; esta vez no había despertado sobre su cama. Sintió la sensación de cerrar los ojos de nuevo, y desmentirse a sí mismo sobre el lugar en donde estaba recostado. El árbol de la vida, tan majestuoso y único, lo acogía con la sombre digna de Marte, aunque no lo protegía del todo del absurdo y sórdido calor del planeta. Todo giraba dentro de él, sentía cómo el corazón le palpitaba a mil por hora, casi saliéndose de su pecho. No podía creer lo que pasaba en ese momento, y sin embargo no tenía escapatoria. Víctor ahora estaba en Marte, sin posibilidad alguna de escapar del destino. Esta vez, sólo deseaba morir, o en todo caso que el causante de todas sus desgracias, nunca se hubiese cruzado en su camino. 

Publicidad marciana


En ese mismo momento, Carla acaba de cenar con su tía, fue un momento un poco incómodo. Las dos trataban de seguir una buena conversación pero a ratos se tornaba difícil pues su tía quería saber que había pasado en la playa pero evitaba preguntar y qué bueno que lo hacía porque Carla prefería que no lo hiciera. Cuando terminaron de recoger la mesa y arreglaron la cocina, Carla se dirigió a su habitación y encendió el televisor. Nada se le antojaba más que un relajante baño para olvidar un poco lo acontecido con Víctor. Cuando escogía su nueva ropa, un comercial inusual captó su atención. Era un comercial de la Coca Cola. Anunciaba que finalmente harían una campaña publicitaria nunca antes vista. Será la primera campaña que tendrá lugar en otro planeta. Carla escuchaba atónita y mientras hacía gestos de incredulidad. Cuando terminó todo el comercial no podía creer lo que escuchaba, -¿Una campaña publicitaria en Marte?, ¡Pero qué barbaridad es esa!- pensó. Se metió al baño, encendió la luz y cerró la puerta. Mientras disfrutaba de su baño, el comercial le daba vueltas en la cabeza y entre eso y lo de Víctor no pudo relajarse como lo hubiera querido.

Después de su baño, regresó al cuarto y se recostó en la cama. Varios recuerdos comenzaron a llegar a su cabeza. Eran recuerdos de hace varios años, cuando en la escuela tuvo la tarea de hacer las ilustraciones de un libro, y justo a ella, le había tocado ilustrar “Crónicas Marcianas” de Ray Bradbury. Recordaba la historia del libro mientras hacía relaciones con lo que planeaba Coca Cola.  –Y parece que así comenzará la invasión marciana- murmuró Carla, después siguió pensando: “¿Quiénes irían hasta Marte a ver el árbol de la vida?, ¿Habrá terrícolas que quisieran ir a Marte, por cuestiones del mismo árbol? Quisiera ver de nuevo al árbol pero no, así estoy bien, además no creo que embarazada pueda hacer un viaje de tal magnitud. Sería gracioso que el árbol se replicara por todo marte como en Crónicas Marcianas y después ya no supieran cuál es verdadero árbol”. Rió un poco y siguió mirando la televisión hasta que llegó la hora de dormir.






Bárbara en Marte



Era una noche fría. Bárbara, tras haberse enterado de que el árbol de la vida se encontraba en Marte, se preparaba para dormir. Recordó con singular aflicción aquella hoja en la que había escrito su deseo de desaparecer a Ethel. Aún cuando ya lo había hablado con ella, y había sido perdonada, no se sentía del todo tranquila. Pues lo escrito es permanente, y aquella hoja era la prueba, ante el mundo y ahora ante el universo, de su inmadurez y su malicia. El deseo de romper ese trozo de papel en millones de pedazos la agobiaba mientras se envolvía en las cobijas de su cama. Apagó la luz, cerró los ojos. Abrió los ojos. Sobre ella el vasto cielo nocturno, con sus dos brillantes lunas, cubría el infinito. Casi imperceptible, un diminuto punto azul se perdía entre un millón de chispas. Miró a su alrededor. El rojizo desierto se extendía hasta el horizonte. A la distancia, en la cima de una formación rocosa, pudo divisar el árbol de la vida que, colorido y orgulloso, dominaba aquel paisaje.
“Debo subir hasta él”.
Bárbara comenzó a escalar aquel peñasco con ágiles movimientos. Al enfrentarse a la última roca que debía escalar para alcanzar la cima, notó por primera vez que había un hombre arriba contemplando el árbol. Bárbara sintió miedo, pero no tanto como para detener su ascenso. Cautelosa y silenciosa se incorporó en la cima. Miró el árbol y al hombre que, de espaldas a ella, lo contemplaba también. Ella dio un paso. El hombre se dio la vuelta. Era su padre.
-¡Padre! – gritó Bárbara.
Corrió hasta él, lo abrazó y rompió a llorar.
-Te he extrañado mucho. Todo ha sido muy difícil desde que me dejaste. Me he sentido muy sola.
- Tranquila hija. Lo has hecho muy bien. Has cambiado, ahora sabes que el dinero no lo es todo.
Bárbara se acercó al árbol y de inmediato encontró su hoja. La arrancó, la hizo pedazos y los apretó fuertemente su puño. Volvió a mirar a su padre. Él se acercó y tomó su mano.
-Estoy orgulloso de ti.
-Soy ahora una nueva persona. Soy mejor, pero esta vida me parece tan difícil. No sé si podré acostumbrarme.
Ella lo abrazó de nuevo y cerró los ojos.
-La vida es tan bella como tú la quieras ver…
Bárbara abrió los ojos. Sobre ella el techo de su habitación. Lágrimas en su rostro; decenas de trozos de papel carmesí en sus manos.

El árbol a Marte


Zía y Genoveva una vez que se encontraron quieren lograr su objetivo, encontrar el árbol de la vida y balancear los mundos, cambiar los mundos. Saben que ellos necesitan de Víctor y de Ethel, de Bárbara y Carla. Y ellos saben que tienen también esa misión. Buscaron y buscaron y por ningún lado encontraron información, les parecía como si todo fuera un gran secreto y eso los inquietaba más.

Un día Zía se despertó, se hizo un café y sintonizó las noticias en la televisión.

-…. Una notica de último momento. El gran corporativo refresquero Coca Cola Co. decidió patrocinar una expedición a Marte. ¿Por qué? Para continuar con los trabajos de investigación y con un propósito muy especial. Expandir su campaña publicitaria, la que contiene el árbol de la vida. Y así colocarse como la primer empresa en expandirse interplanetariamente. Esta expedición saldrá….-

Zía no podía creerlo, al fin encontraba información y estaba seguro de que los demás también lo escucharían. ¿Pero a Marte? A otro planeta del Sistema Solar, sin duda ahí no podrían viajar, en el Sistema Solar las conexiones interplanetarias son nulas.

-… Nara na na na….- Escuchó la introducción del comercial de Coca Cola. De nuevo puso atención a la televisión. 

El comercial de Coca Cola era de su nueva campaña publicitaria, “El sabor de la vida” en el cual  sale el Árbol de la Vida en Marte y un asronauta parado a un lado del árbol disfrutando de una coca al llegar al planeta ya que fue un gran viaje.

Zía decidió investigar un poco al respecto y descubrio que Coca decide llevar el árbol de la vida que estuvo circulando por toda la republica Mexicana porque  era el que tenía las mejores propuestas y porque fue el más original. El árbol iba a ser llevado a Marte en la próxima expedición que había sido patrocinada por la misma compañía. El viaje estaba programado para ser realizado dentro de 45 días.

Después de enterarse de lo que estaba sucediendo, Zía decidió que tenía que llegar al árbol de algun modo…

sábado, 29 de octubre de 2011

Ethel a través del Universo


Cuando Ethel se enteró de que el árbol de la vida se encontraba en Marte, comenzó una búsqueda implacable por encontrar algún medio de transporte o alguna manera posible (por mas imposible que fuese) de llegar a Marte. Su único objetivo era poder regresar el tan preciado árbol de la vida, a la tierra, para protegerlo y evitar otro suceso como el que ella había vivido.

En su búsqueda descubre que existen un cohete que sale cada año a Marte, justamente desde Washington D.C. y para su suerte, el próximo sale en 3 días y aun hay lugares disponibles. Ethel no lo piensa dos veces, lo único que quiere es llegar allá, así que decide comprar un boleto de American Airlines que la lleve a Washington lo más pronto posible, el vuelo mas corto sale a las 3 pm y son las 11 am.

Espera su vuelo con impaciencia, no lleva equipaje ni nada en sus manos más que identificaciones necesarias y tarjetas de crédito. Se sienta en la sala y espera.

Tras una larga espera en la sala de abordaje, es hora de subir el avión. Hace la fila necesaria, pasa los filtros requeridos y presenta las identificaciones obligatorias. Cumple con todos los requisitos por lo que su vuelo no es ningún problema, sale de Tamaulipas hacia Washington. En 3 horas esta ahí, en otro país, en busca del Árbol de la vida, con otra cultura y otro idioma por conocer durante breve tiempo, cosa que la lleva a pensar en cómo sería Marte,  qué cultura le esperaría en otro mundo, si incluso en este mundo se podían encontrar tantas diferencias entre una persona y otra, México y Estados Unidos, América y Europa. No le quedó más que esperar a que llegara su vuelo espacial.

Por fin llegó el día, ella desesperada por que llegara el momento de reencontrarse con ese árbol que tanto ha estado buscando, se dirigió a la N.A.S.A. con dos horas de anticipación para prevenir cualquier suceso extraño que pudiera pasarle. Al llegar al lugar, todos se portaron muy gentiles con Ethel y le explicaron todo el procedimiento de viajar en un cohete, al principio ella estaba muy asustada por todas las reglas que había que seguir.
-¿Qué pasa si por alguna razón no sigo bien las instrucciones?
-¿Si me desespero por viajar tantas horas?
No sé si pueda resistir esto, mejor creo que me voy a quedar, pensó por un momento.
Después de reflexionar por todo lo que había pasado y lo que tuvo que hacer para llegar a donde estaba,  se dijo a ella misma: Mi objetivo es proteger ese árbol de la vida, pase lo que pase y sé que puedo hacerlo.
Con mucha cautela Ethel  vuelve a leer las instrucciones de vuelo y segura de ella misma sube al cohete.

Después de haber viajado una semana entera, conviviendo con las mismas personas, sin alimentarse bien y tampoco poder asearse, Ethel estaba desesperadísima por llegar a Marte, por fin habían anunciado que el cohete estaba por aterrizar en media hora, ella se prepara para la búsqueda, pero lo que no sabe es que no tiene mucho tiempo ya que el cohete se regresa en tres semanas a el planeta tierra.
En cuanto sale del cohete lo primero que Ethel ve es todo de color rojo, desértico y abandonado tal y como es descrito en los documentales y en videos, como es posible que la gente quiera venir a conocer este planeta que no tiene literalmente nada. Decepcionada y triste comienza a caminar para encontrar a alguien quien pueda ayudarle, de pronto a lo lejos ve un puente enorme que dice “bienvenidos a Marte” corriendo y corriendo trata de acercarse lo más que puede, de pronto un sonido como de locomotora llama su atención, al principio era muy suave mientras iba aumentando se dio cuenta que se estaba acercando más y más a la ciudad.
Por fin he llegado dice Ethel, que diferencia es la entrada con esta cuidad tan moderna, todos los coches están volando, veo que todo está color plateado, pero no veo a ningún ser vivo, siguió caminando hasta que encuentra una casa a la que decide ir a tocar en búsqueda de ayuda, toc toc,  de pronto sale una pequeña criatura de color verde con los ojos más grandes que jamás había visto y su piel tan arrugada como la de mi abuelito.
Hola amigo, quisiera que me pudieras ayudar, estoy perdida y estoy buscando un árbol no sé si lo has visto.
Al ver que esta criatura no le decía nada, ella volvió a intentar explicarle con señas, sonidos, bailes y movimientos extraños, pero todo fue en vano, no puedo comunicase con él. Como no le quedaba mucho tiempo para buscar el árbol de la vida Ethel decide que tiene que ir con alguien más que logre entenderle un poco al menos. 

miércoles, 26 de octubre de 2011

Sentimientos Perfectos (Eres tú)

Zia estaba sentado en una banca de un parque cercano, reflexionando acerca de lo que había pasado con Bárbara. Muchas ideas le cruzaban por la mente. Había algo que no lo dejaba estar tranquilo, como un nudo en la garganta que tenía un significado muy obvio, pero el cual había permanecido oculto.
Intentó concentrarse en lo que le afligía, ignorando el caos por el cual estaba pasando su mente.  Necesitaba encontrar una pista. Con que tuviera sólo una, sentía que lo posterior iba a ser más fácil.
Volteó a ver el cielo con desesperación, buscando una respuesta, pero no encontró ninguna, mas que un conjunto de nubes que no le dijeron nada. Necesitaba distraerse, eso era lo único que estaba claro.
De pronto, algo tapó la esfera brillante del cielo por un momento, y aterrizó sobre su cara tapándole su campo de vista. Zia la quitó de un manotazo rápidamente, sorprendido por tal inesperada invasión de su espacio personal. Resultó ser un periódico del día anterior, o más bien parte del mismo. Zia lo hojeó distraídamente, poniendo poca atención en el contenido. De repente, sus ojos se quedaron en una foto que ocupaba gran parte de la hoja. El título decía “Tepoztlán: Pueblo Mágico”, y en la foto había algo que parecía una ceremonia con chamanes, al igual que los espectadores de la misma. Zia observó con más detenimiento, y reconoció en una de las caras a Genoveva, lo cual dio en el clavo de su nudo en la garganta. Claro, ¡era ella! Desde su encuentro, se mantuvo escondida entre sus pensamientos, pero nunca la olvidó del todo, ella siempre estaba en su cabeza rondando. No había un día que no la respirara, había dejado una huella que apenas ahora podía sentir con claridad. Supo que tenía que encontrarla. Esa ventana había caído del cielo, como enviada por el destino respondiendo a sus deseos. Era una ventana hacia Genoveva; no una puerta porque a esas se tiene acceso, era sólo una mirada para recordarle su obejetivo. Era para mostrarle lo que necesitaba. Necesitaba a Gennie.
Tuvo suerte de llegar a Tepoztlán en menos de lo que había esperado, el camión lleno de gente no le había molestado como pensó que pasaría, iba ocupado pensando qué haría al encontrarla. Pero ahora, ¿cómo la iba a encontrar? Por suerte, el pueblo no era muy grande, o al menos no los lugares más frecuentados, donde era lo más probable que estaría. Zia no sabía por dónde empezar. No estaba seguro ni siquiera de lo que estaba sintiendo, lo cual lo frenaba. Sólo se le ocurrió dar una vuelta, hasta que su mente se pudiera despejar de la confusión. Sintió algo y caminó hacia ello. Tenía que encontrarla, porque ella era su ELLA, con quien estuvo la noche anterior. Bárbara no fue un error pues lo acerco a su rubia, pero sabía que no tenía ningún tipo de sentimiento hacia ella que no fuera simpatía. Necesitaba pensar, intentar establecer una conexión...
De pronto, por azares del destino, la vió. Después de tanto buscarla la encontró. ¿Había sido el destino? ¿Esa ventana de posibilidades mostrándole el camino? No lo sabía, pero necesitaba acercarse a ella. Estaba sentada en un café, tomando lo que seguramente era un frappé. Estaba sola. Le daba sorbos distraídamente, con una mano apoyada en la mejilla. Claramente estaba aburrida, o pensativa. O tal vez ambas. ¿Pensaría en él? ¿Todavía lo recordaba? Esperaba que sí, porque no había tenido un día libre de ella desde que la escuchó.
Después de un rato se dio cuenta de la presencia de Zia, probablemente porque se quedó  inmóvil entre la corriente de personas que circulaban por la calle viéndola fijamente. Sonrió involuntariamente, y le hizo un gesto que Zia entendió como una invitación a acompañarla en su soledad. ¿Lo reconoció? La emoción recorrió su cuerpo hasta la punta de sus dedos.
Estuvieron hablando de cosas sin importancia durante los primeros momentos. Zia sintió la conexión más fuerte que nunca, y en los ojos de Genoveva se notaba un reflejo de algo similar. Habían encontrado lo que tanto habían buscado. 
- Tengo la impresión de que viniste a buscarme, - por fin dijo ella algo que los dos habían estado pensando.
Zia no sabía cómo contestarle, ya que ni siquiera él tenía en claro lo que sentía por ella.
- No lo sé… fue una coincidencia, encontré la foto de una ceremonia en la que estuviste ayer. En un periódico que me trajo el viento,- hizo una pausa. –Suena muy tonto, pero así fue. Ahorita no sé muy bien que es lo que siento, pero algo me dice que hice bien al venir. Sólo sé que no ha habido un día en el que no piense en ti. Desde la llamada...
Genoveva lo miró, como si sus palabras la hicieran meditar, y aprovechó el momento para tomar su mano y apretarla fuertemente. Sus miradas se encontraron. Zia se intimidó, y rompió el silencio.
-No sé cómo explicarlo…
-No se necesita más- replicó Genoveva rápidamente.
Los dos se quedaron pensativos.
-Tal vez es todo lo que tenías que decir, Zia.- por fin dijo ella. 
Desde que sus miradas se encontraron lo supieron. Ella era la gama de emoción que tanto necesitaba Zia, lo que tanto quería. Él era esa perfección andante, listo para hacerla la mujer más feliz del universo (incluso de los tres planetas). Los dos sabían que habían encontrado lo que querían, lo que necesitaban. 
La noche al lado de Zia había sido perfecta. La noche al lado de Gennie había estado llena de emociones. Finalmente habían encontrado su lugar en el universo: al lado del otro. 
Después de mucho tiempo, ambos durmieron con una sonrisa genuina en su rostro. Estaban en paz. Se tenían.
(¡Ya era hora! pensó Zia con ese tono sarcástico que Gennie amaba.)

Reconciliaciones


Ethel estaba decidida a reclamarle a Bárbara por qué la había mandado al mundo de las sobras, ella no tenía la culpa de que el destino las hubiera juntado en una situación así, Ethel jamás hubiera deseado que las cosas ocurrieran de esa manera… Bueno, tal vez si no hubiera quedado en coma y si no hubiera tenido que venir hasta Madero a recuperarme, no me hubiera reencontrado con Víctor, pensó mientras salía del hospital; aun así, debo hablar con Bárbara, no es justo lo que me hizo, si le cause problemas, no fue a propósito.

Al llegar a la tienda donde Bárbara trabajaba, su plan se vino abajo pues ya había acabado su turno de ese día, resignada regresó al hotel. Casi llegando, le pareció ver a Bárbara, quien también quería hablar con Ethel, ella a diferencia de Ethel, quería pedirle disculpas por su comportamiento de meses anteriores. Ambas hicieron contacto visual, se precipitaron, sabían que ese momento no podía esperar más. Cruzaron la brecha que separaba a aquellas dos resplandecientes y tan distantes luces, un arcoíris que trae paz y felicidad, era el arcoíris que sale al finalizar una tormenta y donde todos queremos quedarnos; la mirada que conecta dos almas; se unieron en ese gran barco, lleno de ideas e ilusiones, en donde, mientras permanezcas ahí, no será necesario percatarse de la agresividad con la que las olas chocan por debajo, un pequeño rincón confiable y seguro en el gran océano…


Ambas se acercaban de distintos extremos al mismo punto del puente, la mitad. Cada paso que daban era un acercamiento una a la otra, y justo cuando se toparon de frente, Bárbara dijo:
-          ¡Hola Ethel! ¿Cómo estas? Soy Bárbara.
-          ¿Tú eres Bárbara? Justamente fui a buscarte a la tienda donde me dijeron que trabajabas, pero no te encontré. Tengo muchas cosas que hablar contigo.
-          ¡Yo también! Es por ello que he venido a buscarte a tu hotel, pero tampoco he tenido suerte. Me mencionaron que habías salido.

Entre ambas se escuchaba un silencio incómodo, el cual fue roto por unas palabras inesperadas e importantes por parte de Bárbara quién dijo:

-          He venido hasta acá a pedirte perdón Ethel. Quiero disculparme por haber tenido tan malos pensamientos y deseos hacia ti, y por lo mismo causarte tanto daño.
-          Pero, ¿Por qué lo hiciste? No entiendo porque me tienes tanto odio.
-          Sinceramente es algo muy inmaduro, el hecho de que Víctor siempre te ha preferido, provocó que un sentimiento de odio naciera en mi hacia ti. Simplemente son celos, es envidia. Envidia de que en la mente de Víctor siempre estés tu y no yo, tal  como desearía.  Se me hizo fácil escribir mi deseo en el árbol de la vida, sin evaluar ni pensar en sus consecuencias.
-          ¿Crees que el hecho de desaparecerme del mundo, es la manera más fácil de librar tus problemas? ¿Creíste que con ello conseguirías que Víctor dejase de pensar en mi?
-          No. Ahora entiendo que no, pero en aquel momento mi mente se cerró a un única e inmadura solución, es por ello que he venido a disculparme. Quiero que sepas que estoy arrepentida por todo el daño que te hice, no sabía lo que hacía.
-          Creo, que una parte de mi te entiende, y realmente creo que amas a Víctor.
-          Sí, pero poco a poco voy entendiendo que es lo correcto, sé que él no me ama,  siempre te ha amado a ti Ethel, siempre fue así, y siempre lo será.
-          Bárbara….
-          No digas nada Ethel, solo quería que supieras que realmente lamentaba todo lo que sucedió.

Lentamente Ethel observo como las lágrimas bajaban de las mejillas de Bárbara, y casi inmediatamente se alejó de aquel puente del perdón.  

El inicio de un fin inesperado...

Carla estaba en su habitación cuando la invadió la necesidad de salir para tomar un poco de aire fresco y gozar de otro momento íntimo con su bebé. Se levantó de la cama, cogió un sombrero playero y se dirigió escaleras abajo, donde estaba su tía leyendo una revista de farándula. En ese momento su tía se levantó de su asiento, y le preguntó que hacia dónde se dirigía con singular alegría y emoción. Carla respondió que quería tener una tarde relajada en compañía de su pequeña, por lo que iba a tomar el camión para ir a la Playa Miramar, le dijo que no se preocupara, únicamente estaría hasta el atardecer y regresaría para acompañarla a cenar. Su tía le respondió con una dulce sonrisa, diciéndole que se fuera con cuidado y que disfrutara del paseo. Así comenzó la aventura de Carla, salió de la casa y se dirigió a la parada de camiones que se encontraba a escasas 2 cuadras para comenzar el pequeño viaje hacia un día maravilloso, o definitivamente diferente e importante.
 
 
Mientras tanto, la mente de Víctor estaba abrumada, tenía demasiadas cosas en la cabeza. Pensaba una y otra vez en cómo cambiar el mundo; las escenas de la fiesta en la que había terminado con Carla en sus brazos eran como flashes de un vago episodio de su vida. Fue entonces que pensó: “¿Cómo voy a cambiar el mundo si mi mundo es un desastre?”- suspiró y continuó- “Tengo un hijo del que poco sé, a una mujer que jamás atendí, esto no está bien”.
Inmediatamente llamó a su amigo, el anfitrión de aquella fiesta, pues sabía que él conocía perfectamente a Carla. En cuanto éste contestó su llamado, no dudó ni un segundo en preguntarle por ella. Su amigo le comunicó que Carla se había mudado a Tamaulipas con su tía; dio un respingo y se sobresaltó, ni se dio cuenta que colgó sin agradecer por la información. -“Carla está en Madero”- pensó. Tomó el directorio más cercano y empezó su frenética búsqueda en el apartado telefónico.
 
 
Víctor tomó nota de las direcciones de dos personas con el mismo nombre, encendió su coche y emprendió su camino a la primera dirección. Una anciana decrépita abrió una puerta vieja y rechinante, no dijo nada, sólo salió. Sin gran capacidad de articular palabra, Víctor lanzó una singular sonrisa y se dio la vuelta. Enseguida corrió en dirección a su coche y se apresuró a ir a la segunda dirección. Su corazón latía como nunca. Llegó al segundo domicilio, cuando tocó y abrieron la puerta sólo podía imaginar que sería Carla ante sus ojos. Los momentos de la fiesta eran vívidos, ya no parpadeaban en su cabeza. Eran reales, tan nítidos como agua de manantial; su sorpresa había terminado. Pero vaya sorpresa que se llevó al darse cuenta que no era Carla quién se apareció en el pórtico sino su tía, quien le dijo que estaba en la playa, así que él tuvo otra corazonada…
 
 
 
Durante el camino, Carla iba describiendo el hermoso paisaje que le rodeaba, la gente que se encontraba a su alrededor la volteaba a ver de manera extraña ya que nadie la acompañaba. Lo que ellos no sabían es que Carla estaba hablando con su bebé y ella sabía que le prestaba atención y entendía lo que su madre decía. Pasaron alrededor de 40 minutos de camino cuando por fin el camión hizo la parada en la hermosa playa de Miramar. El azul turquesa se veía a distancia, la arena era tan suave que Carla aprovechó para desabrocharse los zapatos y sentir esa suavidad directamente con sus pies. El aire fresco y la brisa rozando su cara, se sentía plena, llena de vida, sin duda un momento memorable entre su querido retoño y ella.
Sentada en la arena, pudo ver más allá, donde las olas iban dibujando en el cielo, un torbellino que bailaba al ritmo del vaivén sobre la superficie del mar que tocaba sus pies y ella acariciaba su vientre con gran ternura y delicadeza, fue entonces cuando pensó -"No existe nada en el mundo que pueda arruinar este momento tan maravilloso… " -. Sin duda Carla no sabía lo que estaba a punto de ocurrir.
 
 
 
 
Víctor ya había tomado el control del volante y se dirigía a la playa a toda velocidad sin otra cosa en la mente que verla de nuevo y repasando una y otra vez todo lo que tenía que decirle.
Media hora después, Víctor bajo de su coche que dejó estacionado a escasos metros de las escaleras que daban a la playa, que por cierto era inmensa y podías sentir una tranquilidad que relajaba a cualquiera que buscara paz.
Lanzó una mirada al horizonte y así fue como la vio. A lo lejos se encontraba una hermosa mujer caminando tranquilamente a la orilla del mar, dejando que la arena rozara sus pies y que el agua tibia los acariciara con el ir y venir de las olas. Se veía tan tierna con ese cabello castaño enredado y esponjado que jugaba con el viento, pero sobre todo, que no dejaba de tocar su vientre. Sin desviar la mirada un segundo, Víctor corrió hacia ella inundado de varios pensamientos sobre lo bella que se veía Carla.
A escasos metros de encontrarse, Víctor empezó a llamarla, a gritarle: “Carla, Carla por favor espera, no te vayas” dijo él mientras corría desesperado. Ella giró sorprendida saliendo de sus pensamientos quedando como piedra cuando se dio cuenta que era Víctor quién la llamaba.
- No puedo creerlo, ¿Qué hace aquí?, ¿Cómo me encontró?, ¿Qué quiere?- pensó Carla.
- ¿Qué tal?, ¿Cómo estás? - dijo ella sin poder decir nada más.
- Cansado sabes, siento que corrí el maratón pero valió la pena llegar a la meta - dijo él riendo.
- ¿Qué te ha traído a la playa?
- Tú, tenía que verte, no he dejado de pensar en ella – dijo él, colocando su mirada en el vientre de Carla.
- Oh! Vaya, ¿en verdad? Pues debo confesarte que me sorprende mucho verte aquí, ¿cómo me encontraste?
- Ya sabes tu tía me dijo dónde podría encontrarte y aquí estoy, dispuesto a hablar, claro ¡si tú me lo permites!
- No me parece que haya mucho que hablar, digo, no me debes nada, ni yo a ti. Tú puedes hacer tu vida con Ethel o con Bárbara o con quien quieras, y no tendrías por qué preocuparte por mí. Sé que no me amas y la verdad no me importa, soy feliz con el ángel que llevo dentro y dado que es tu hija también, no puedo evitar que sepa de su padre así que puedes verla cuando quieras. Yo puedo darle absolutamente todo lo que necesite.- Dijo Carla.
Víctor estaba un poco atónito. Después de todo, no esperaba esas palabras de Carla. Tal vez por fin entendía, lo que una mujer es capaz de hacer por sí misma y por alguien más. Eso fue lo que, tal vez, lo impactó. Intentaba decir algo, pero no podía. Tuvo que decir cualquier cosa para no perder la conversación.
- No dudo que puedas darle todo a la pequeña. Pero es mi hija también y quiero ayudarte, a ti y a ella. No me siento bien diciendo esto, pero tienes razón, a quien de verdad amo es a Ethel, pero no por eso te dejaré en manos del destino. Quiero que sepas que siempre estaré ahí cuando lo necesites y de verdad me gustaría formar parte de la vida de la bebé. – Respondió Víctor.
- Desde luego, ya te lo he dicho, puedes darle lo que quieras y verla cuando quieras, no te estoy prohibiendo nada. – Dijo Carla.
- ¿Sobre nosotros…? – Comenzaba decir Víctor cuando lo interrumpió Carla casi tapándole la boca.
- No hay nosotros. No lo había y los dos sabemos que no lo habrá. Está bien, sé que te sientes mal con esto, pero entiende que está bien. – Dijo Carla.
Mientras Víctor intentaba contestar a lo que Carla decía, Carla sabía que era momento de irse. ¿A qué se quedaría más tiempo ahí? Ya se había tornado incómodo el aire que seguía deslizándose sobre su cabello.
Justo cuando Víctor iba a decir algo, Carla dijo: -Debo irme, mi tía me espera.-
Víctor ya no contestaría nada, así que lo único que pudo hacer fue ofrecerle llevarla hasta la casa.
- Está bien, el auto está por allá. Yo te llevo. -Dijo Víctor.
- No hace falta, gracias, tomaré el autobús. ¿Sabes? Realmente disfruto el viaje en autobús.- Contestó Carla.

Terminando de decir eso, Carla empezó alejarse, primero mirando hacia atrás, luego viendo hacia adelante, emprendiendo un rumbo fijo, mientras Víctor, paralizado, la veía partir. No dejaba de verla. El sonido del mar, de las aves, del viento y cielo rojizo, marcado por el espléndido sol que deslizaba sus rayos entre las pocas nubes que había, enmarcaron el momento en que Víctor también debía partir.

miércoles, 19 de octubre de 2011

El despertar de Genoveva


Trato de llegar a él, pero pareciera que las personas y el mundo entero evitan que lo haga. Entonces, una luz intensa aparece nuevamente desde el frondoso árbol,  pareciera que el suelo se convierte en un inmenso mar dorado; el cual, segundo a segundo, se va haciendo cada vez más inmenso y profundo. Miro nuevamente hacia adelante y pareciera que las personas que están a mi alrededor no pueden percatarse de lo que está pasando. Otro destello, ahora más cegador que el anterior, y el suelo ha desaparecido. Se ha convertido nuevamente en aquel extenso vórtice y nuevamente voy cayendo en él. Fue el mismo que me trajo al mundo perfecto, pero ahora hay en el fondo una fuerza que me está jalando hacia el fondo, hacia la luz.
Segundos después, poco a poco, voy recuperando el sentido. Mi cuerpo se siente muy pesado, tanto que mover un poco mis manos me cuesta mucho trabajo. Lo mismo pasa con mis párpados cuando trato de abrirlos, es tan frustrante. Comienzo a oír unos ruidos muy bajos, pero al cabo de unos segundos se van haciendo aún más específicos y puedo adivinar de qué sonidos se tratan.
Escucho el sonido de un pulsímetro; muy a lo lejos, algunas voces y los sonidos de los autos de afuera. Abro lentamente mis ojos y en ellos se va formando (aún en las sombras y algo borrosa) la imagen de lo que parece ser una habitación. Percibo un olor, un olor parecido al que tienen las cosas cuando son nuevas. Mis manos y piernas empiezan a sentir las sábanas que están algo rasposas. Ahora la imagen que mis ojos perciben es más nítida, ahora no solo compruebo que me encuentro en una habitación, sino que empiezo a ver que no estoy sola. Hay más personas, dos de ellas vestidas de blanco, probablemente sean un doctor y una enfermera. Se acercan a mí con una cara llena de asombro y emoción. A lo lejos, levantándose del sillón del fondo (también con la cara llena de sorpresa y alegría) hay una persona. Al principio me pareció conocida pero no estaba muy segura de que fuera algo mío. Cuando la vi un poco más de cerca comprobé que sí la conocía.. Cuando recuperé completamente el sentido pude escuchar perfectamente la voz grave del doctor…
-Mueve la cabeza si me puedes escucharme-
Inmediatamente la moví, a pesar de que aún me pesaba un poco el cuerpo, pero ya no se sentía tan pesado como minutos antes.
-Parece ser que no hay daños secundarios, pero para estar seguros de que sea así haremos los estudios necesarios- dijo el médico, mientras la enfermera anotaba en la libreta y mi madre se acercaba hacia donde nos encontrábamos.
En ese mismo momento comencé a recorrer toda la habitación con la mirada y justo cuando el médico le terminó de darle las instrucciones a la enfermera y antes de que hablara con mi madre…
-¿Dónde estoy?, ¿esto es todavía el planeta perfecto?, ¿qué fue lo que me pasó?-pregunté.
En ese momento todos se me quedaron viendo con cara de consternación. El médico comenzó comunicarse con mi madre con la mirada y segundos después…
-¿Cómo que el planeta perfecto?, este es el Hospital Ángeles Lomas.
-Sufriste un accidente hace un mes que te hizo entrar en coma.
-Quizás estar tan desconectada del mundo real te hizo creer que te encontrabas en otro mundo.
-Bueno, me retiro. En un momento vendrán por ti unas enfermeras para que te lleven a realizarte los estudios que te he mandado.
Pasé unos días más en el hospital hasta ser dada de alta. Parecía como si nada me hubiera pasado durante un mes, mi cuerpo estaba en perfecto estado pero yo sabía que el planeta de las sobras no había sido un sueño, sabía que realmente había conocido a Ethel y había vivido todo ese sufrimiento. Mi familia decidió que lo mejor para mi sería descansar por un tiempo así que me trasladaron a la casa de la familia en Tepoztlan, Morelos.
Desde que bajé del auto comenzó la maravillosa experiencia. Pude percibir el olor a monte, la tierra mojada porque acababa de llover, el olor del perro acercándose para que lo acariciara, el viento fresco en mi cara. En la terraza de la casa había una hamaca y mientras descansaba porque mi cuerpo se encontraba algo débil por haber estado tanto tiempo en reposo, pude observar el paisaje. El hermoso e imponente cerro del Tepozteco con su belleza única y particular, repleto de vegetación: arbustos, árboles, pastizales. Y en lo alto como mágicamente aparecida ahí, la pirámide postrada en el medio, rodeada de toda esa belleza de la naturaleza. Sentí nuevamente lo glorioso de una siesta a media tarde arropada con una cobija columpiandome en la hamaca. Sentí como si en ese momento nada podiera salir mal, todo era perfecto. Cada sensación la disfrutaba: el sentir el fresco del atardecer a la orilla de la alberca, el olor del huele de noche, el sabor de un delicioso tamal verde recien traido desde el pueblo y para terminar, el alivio para ese fresco de un atole de cajeta hecho en casa. Esa noche dormí como un bebe sin pesadilas, sin pensar que despertaría en aquel horrible planeta, sin temor por mi vida. Descansé como si no hubiera pasado un mes postrada en una cama en coma, descansó mi espíritu.
A la mañana siguiente me sentía llena de paz interior y energía positiva así que decidí emprender la subida del cerro hasta llegar a la pirámide. Fui solo para reconectarme conmigo misma. Mientras avanzaba y la subida se hacia más pesada pude experimentar la sensación del cuerpo cansado, pero me gustó y continué avanzando. Pareciá la subida hacia algún lugar paradisiaco, rodeado de árboles de diferentes especies, pájaros y animales. En este regreso a la tierra me sentía afortunada de todas esta cosas que antes consideraba de todos los días. Finalmente, realmente agotada pero plena llegué a la cima y me senté a contemplar todo lo que me rodeaba, no sin antes disfrutar de la satisfacción de beber agua estando tan sedienta. Cerré los ojos, sintiendo la brisa en mi rostro y dejé fluir mis pensamientos.
El paisaje era hermoso. Ver verde por todos lados deja una sensación tan refrescante. Respiré, lenta y profundamente; pude rastrear el camino del aire desde mi nariz hasta mis pulmones. Aire limpio, para purificarme, para darme fuerzas y poder comenzar de nuevo. ¡Qué diferente es este lugar al mundo de las sobras! Aquí puedo correr, aquí el sol pega sobre mi cara y los mosquitos se paran en mis brazos; aquí hay vida por todos lados. En este mundo puedo ser yo y nunca jamás me había sentido tan feliz.


Imaginaron y Pretendieron (y por un momento también vivieron)

La encontró sentada en unos escalones de piedra en la calle donde se perdió. No pudo evitar notarla, estaba llorando desconsoladamente. Tantas emociones se desbordaban de sus ojos en forma de lágrimas que no pudo evitar mirarla durante un rato. Nunca antes había visto a alguien llorar de esa forma. De hecho, nunca había visto a alguien llorar sin que tuvieran una sonrisa en el rostro; Zia sólo conocía las lágrimas de felicidad y odiaba eso. Bárbara sintió su mirada pesada después de unos minutos, era imposible no percibirlo, era casi la perfección andante. La plaza era enorme, pero por algunos segundos parecía que sólo estaban ellos dos y su curiosidad. Ella, ojos empapados y sorpresa en su mirar. Él, embriagado de emociones ajenas y deseoso de conocer más.

Se acercó lentamente a ella y al momento de colocar su mano en la larga cabellera de la castaña pareció que le hubiera recorrido una corriente eléctrica a través del cuerpo. Fue como los fuegos artificiales de su planeta, enormes, llenos de color vivos e impactantes. Ella se sintió protegida, querida. Ambos extraños y ambos deseando algo más de lo que podían ofrecerse.

Zia se preguntaba si así era como lloraba Genoveva por las noches, temerosa del espantoso mundo donde vivía, preguntándose si podría sobrevivir un día más en él. Bárbara recordaba las dulces caricias de Víctor a través de su cuerpo y esas sonrisas de lado que le hacían estremecer. Ambos querían a alguien, pero ese alguien no estaba ahí. Tuvieron que encontrarse para semejar un pedazo del todo que querían. Se miraron por mucho tiempo a los ojos, esperando verse reflejados en ojos ajenos, ella en un mar cristalino y él en la desesperación latente. Pretendieron e imaginaron. Imaginaron y pretendieron; ambos se comprendían.

Ella lo guío a un rincón cercano a esa plaza, muy discreto y barato, "privado" fueron las palabras exactas que la castaña utilizó. Al cerrar la puerta tras de ellos se quedaron en silencio reemplazando en sus pensamientos el rostro de su acompañante. Para Bárbara, aquel muchacho de ojos amarillentos, piel pálida y cabello como las noches sin estrellas se convertía poco a poco en un sueño de ojos azules detrás de cristales, en un mar de rizos oscuros y piel de chocolate. Con esa mirada cálida que siempre hacía que un montón de mariposas revolotearan en su estómago. Sonrió involuntariamente por el terrible cliché que había aparecido en su cabeza sin siquiera razonarlo. Víctor, su Víctor.

Zia estaba frente a Gennie, el cabello ondulado y castaño se había recortado hasta formar una maraña descuidada de cabello rubio que se paraba hacia todas las direcciones posibles. Los ojos tristes de una chica de nariz respingada se convirtieron en ojos melancólicos enmarcados por grandes ojeras moradas. El morado era uno de los colores favoritos de Zia.

No tardaron mucho tiempo en unirse llenando el cuerpo del otro con caricias, susurros y besos. Pero la realidad era que no estaban solos, en ese cuarto había cuatro personas uniéndose y amándose.

Bárbara no estaba recostada sobre el extraño con sabor a perfección, estaba con Víctor, que tenía sabor dulce y amargo al mismo tiempo. Lo amaba, lo quería pero sabía que nunca había sido ni sería suyo. Le llamaba por su nombre una y otra vez: Víctor, Víctor, Víctor. Entre sábanas blancas y piernas enredadas estaba él y sólo la amaba a ella, sólo existía su nombre en su vocabulario. No estaban las manchas de Ethel, sólo Bárbara y Bárbara nada más.

Zia no besaba el cuello con olor a fresas, realmente acariciaba la cabellera descuidada de la rubia a quien intentaba ayudar desesperadamente. Recorría el cuerpo terso y suave de Bárbara pretendiendo que era la piel áspera de Genoveva. Sólo respiraba la imperfección que tanto le había atraído, la desesperación en su llamado y las palabras llenas de emoción explotando en su garganta. Inhalaba esperando que todas esas ilusiones se convirtieran en realidad y que de quien realmente se estuviera llenando los pulmones fuera de Gennie. Oh, cuánto deseaba conocerla y que esa misma voz llena de tristeza y dolor pudiera repetir su nombre entre suspiros y deseo. Zia, Zia, Zia. Quería que su nombre se convirtiera en llamados desde otro planeta, repletos de esa misma admiración que él sentía hacia ella.

Y así fue como ambos sintieron una explosión de colores y sensaciones. El calor inundo hasta el último rincón de su cuerpo y existencia. Entre cada "Víctor" y cada "Genoveva" estaban más cerca de su paraíso personal donde estaban ellos esperándolos.

Pero cuando todo ese cúmulo de emociones fraccionadas se desvaneció, estaban ellos dos solos. La rubia y el moreno se habían esfumado del cuarto tan rápido como aparecieron en él y Bárbara y Zia quedaron solos, sin ilusiones recostados en un cuarto solitario con olor a humedad y vacío.

Bárbara fue la primera en ponerse de pie, se vistió, se puso sus tacones y se acomodó el cabello frente al sucio y quebrado espejo de la habitación. Zia se puso todo lo que había dejado olvidado en el piso e inhaló profundo una vez más, esperando que aún quedaran pedazos de Genoveva regados por la habitación, pero encontró que en sus pulmones no quedaba rastro del aroma de la rubia. Se miraron por unos segundos, melancolía teñida en sus rostros y sueños deshaciéndose en su interior; ninguno estaba avergonzado, los dos tenían a alguien más a quien amar sin poder hacerlo, encontraron que habían sido el medio que necesitaba y se sonrieron agradecidos, eran compañeros de un mismo dolor.

Zia abrió la puerta dejando que la chica saliera antes que él. Antes de cerrar se dio la vuelta para buscar de nuevo a Genoveva, mientras que Bárbara buscaba desesperada con la mirada a su Víctor. Se reprocharon en su cabeza y rieron melancólicamente, cerraron finalmente la puerta dejando un pedazo de su alma entre ese papel tapiz desgastado y viejo.

No necesitaron hablar para despedirse, las palabras sólo romperían la burbuja en la que se encontraban pues Bárbara aún podía ver a su sueño, y Zia aún disfrutaba de su ilusión. Volvieron a sonreirse pues sabían que sólo habían ayudado a alguien en su misma situación, habían llenado un vacío ensordecedor en la vida del otro. Ambos se comprendían. Imaginaron y pretendieron.

Pretendieron e imaginaron. Nada más.