domingo, 30 de octubre de 2011

Bárbara en Marte



Era una noche fría. Bárbara, tras haberse enterado de que el árbol de la vida se encontraba en Marte, se preparaba para dormir. Recordó con singular aflicción aquella hoja en la que había escrito su deseo de desaparecer a Ethel. Aún cuando ya lo había hablado con ella, y había sido perdonada, no se sentía del todo tranquila. Pues lo escrito es permanente, y aquella hoja era la prueba, ante el mundo y ahora ante el universo, de su inmadurez y su malicia. El deseo de romper ese trozo de papel en millones de pedazos la agobiaba mientras se envolvía en las cobijas de su cama. Apagó la luz, cerró los ojos. Abrió los ojos. Sobre ella el vasto cielo nocturno, con sus dos brillantes lunas, cubría el infinito. Casi imperceptible, un diminuto punto azul se perdía entre un millón de chispas. Miró a su alrededor. El rojizo desierto se extendía hasta el horizonte. A la distancia, en la cima de una formación rocosa, pudo divisar el árbol de la vida que, colorido y orgulloso, dominaba aquel paisaje.
“Debo subir hasta él”.
Bárbara comenzó a escalar aquel peñasco con ágiles movimientos. Al enfrentarse a la última roca que debía escalar para alcanzar la cima, notó por primera vez que había un hombre arriba contemplando el árbol. Bárbara sintió miedo, pero no tanto como para detener su ascenso. Cautelosa y silenciosa se incorporó en la cima. Miró el árbol y al hombre que, de espaldas a ella, lo contemplaba también. Ella dio un paso. El hombre se dio la vuelta. Era su padre.
-¡Padre! – gritó Bárbara.
Corrió hasta él, lo abrazó y rompió a llorar.
-Te he extrañado mucho. Todo ha sido muy difícil desde que me dejaste. Me he sentido muy sola.
- Tranquila hija. Lo has hecho muy bien. Has cambiado, ahora sabes que el dinero no lo es todo.
Bárbara se acercó al árbol y de inmediato encontró su hoja. La arrancó, la hizo pedazos y los apretó fuertemente su puño. Volvió a mirar a su padre. Él se acercó y tomó su mano.
-Estoy orgulloso de ti.
-Soy ahora una nueva persona. Soy mejor, pero esta vida me parece tan difícil. No sé si podré acostumbrarme.
Ella lo abrazó de nuevo y cerró los ojos.
-La vida es tan bella como tú la quieras ver…
Bárbara abrió los ojos. Sobre ella el techo de su habitación. Lágrimas en su rostro; decenas de trozos de papel carmesí en sus manos.

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