miércoles, 26 de octubre de 2011

El inicio de un fin inesperado...

Carla estaba en su habitación cuando la invadió la necesidad de salir para tomar un poco de aire fresco y gozar de otro momento íntimo con su bebé. Se levantó de la cama, cogió un sombrero playero y se dirigió escaleras abajo, donde estaba su tía leyendo una revista de farándula. En ese momento su tía se levantó de su asiento, y le preguntó que hacia dónde se dirigía con singular alegría y emoción. Carla respondió que quería tener una tarde relajada en compañía de su pequeña, por lo que iba a tomar el camión para ir a la Playa Miramar, le dijo que no se preocupara, únicamente estaría hasta el atardecer y regresaría para acompañarla a cenar. Su tía le respondió con una dulce sonrisa, diciéndole que se fuera con cuidado y que disfrutara del paseo. Así comenzó la aventura de Carla, salió de la casa y se dirigió a la parada de camiones que se encontraba a escasas 2 cuadras para comenzar el pequeño viaje hacia un día maravilloso, o definitivamente diferente e importante.
 
 
Mientras tanto, la mente de Víctor estaba abrumada, tenía demasiadas cosas en la cabeza. Pensaba una y otra vez en cómo cambiar el mundo; las escenas de la fiesta en la que había terminado con Carla en sus brazos eran como flashes de un vago episodio de su vida. Fue entonces que pensó: “¿Cómo voy a cambiar el mundo si mi mundo es un desastre?”- suspiró y continuó- “Tengo un hijo del que poco sé, a una mujer que jamás atendí, esto no está bien”.
Inmediatamente llamó a su amigo, el anfitrión de aquella fiesta, pues sabía que él conocía perfectamente a Carla. En cuanto éste contestó su llamado, no dudó ni un segundo en preguntarle por ella. Su amigo le comunicó que Carla se había mudado a Tamaulipas con su tía; dio un respingo y se sobresaltó, ni se dio cuenta que colgó sin agradecer por la información. -“Carla está en Madero”- pensó. Tomó el directorio más cercano y empezó su frenética búsqueda en el apartado telefónico.
 
 
Víctor tomó nota de las direcciones de dos personas con el mismo nombre, encendió su coche y emprendió su camino a la primera dirección. Una anciana decrépita abrió una puerta vieja y rechinante, no dijo nada, sólo salió. Sin gran capacidad de articular palabra, Víctor lanzó una singular sonrisa y se dio la vuelta. Enseguida corrió en dirección a su coche y se apresuró a ir a la segunda dirección. Su corazón latía como nunca. Llegó al segundo domicilio, cuando tocó y abrieron la puerta sólo podía imaginar que sería Carla ante sus ojos. Los momentos de la fiesta eran vívidos, ya no parpadeaban en su cabeza. Eran reales, tan nítidos como agua de manantial; su sorpresa había terminado. Pero vaya sorpresa que se llevó al darse cuenta que no era Carla quién se apareció en el pórtico sino su tía, quien le dijo que estaba en la playa, así que él tuvo otra corazonada…
 
 
 
Durante el camino, Carla iba describiendo el hermoso paisaje que le rodeaba, la gente que se encontraba a su alrededor la volteaba a ver de manera extraña ya que nadie la acompañaba. Lo que ellos no sabían es que Carla estaba hablando con su bebé y ella sabía que le prestaba atención y entendía lo que su madre decía. Pasaron alrededor de 40 minutos de camino cuando por fin el camión hizo la parada en la hermosa playa de Miramar. El azul turquesa se veía a distancia, la arena era tan suave que Carla aprovechó para desabrocharse los zapatos y sentir esa suavidad directamente con sus pies. El aire fresco y la brisa rozando su cara, se sentía plena, llena de vida, sin duda un momento memorable entre su querido retoño y ella.
Sentada en la arena, pudo ver más allá, donde las olas iban dibujando en el cielo, un torbellino que bailaba al ritmo del vaivén sobre la superficie del mar que tocaba sus pies y ella acariciaba su vientre con gran ternura y delicadeza, fue entonces cuando pensó -"No existe nada en el mundo que pueda arruinar este momento tan maravilloso… " -. Sin duda Carla no sabía lo que estaba a punto de ocurrir.
 
 
 
 
Víctor ya había tomado el control del volante y se dirigía a la playa a toda velocidad sin otra cosa en la mente que verla de nuevo y repasando una y otra vez todo lo que tenía que decirle.
Media hora después, Víctor bajo de su coche que dejó estacionado a escasos metros de las escaleras que daban a la playa, que por cierto era inmensa y podías sentir una tranquilidad que relajaba a cualquiera que buscara paz.
Lanzó una mirada al horizonte y así fue como la vio. A lo lejos se encontraba una hermosa mujer caminando tranquilamente a la orilla del mar, dejando que la arena rozara sus pies y que el agua tibia los acariciara con el ir y venir de las olas. Se veía tan tierna con ese cabello castaño enredado y esponjado que jugaba con el viento, pero sobre todo, que no dejaba de tocar su vientre. Sin desviar la mirada un segundo, Víctor corrió hacia ella inundado de varios pensamientos sobre lo bella que se veía Carla.
A escasos metros de encontrarse, Víctor empezó a llamarla, a gritarle: “Carla, Carla por favor espera, no te vayas” dijo él mientras corría desesperado. Ella giró sorprendida saliendo de sus pensamientos quedando como piedra cuando se dio cuenta que era Víctor quién la llamaba.
- No puedo creerlo, ¿Qué hace aquí?, ¿Cómo me encontró?, ¿Qué quiere?- pensó Carla.
- ¿Qué tal?, ¿Cómo estás? - dijo ella sin poder decir nada más.
- Cansado sabes, siento que corrí el maratón pero valió la pena llegar a la meta - dijo él riendo.
- ¿Qué te ha traído a la playa?
- Tú, tenía que verte, no he dejado de pensar en ella – dijo él, colocando su mirada en el vientre de Carla.
- Oh! Vaya, ¿en verdad? Pues debo confesarte que me sorprende mucho verte aquí, ¿cómo me encontraste?
- Ya sabes tu tía me dijo dónde podría encontrarte y aquí estoy, dispuesto a hablar, claro ¡si tú me lo permites!
- No me parece que haya mucho que hablar, digo, no me debes nada, ni yo a ti. Tú puedes hacer tu vida con Ethel o con Bárbara o con quien quieras, y no tendrías por qué preocuparte por mí. Sé que no me amas y la verdad no me importa, soy feliz con el ángel que llevo dentro y dado que es tu hija también, no puedo evitar que sepa de su padre así que puedes verla cuando quieras. Yo puedo darle absolutamente todo lo que necesite.- Dijo Carla.
Víctor estaba un poco atónito. Después de todo, no esperaba esas palabras de Carla. Tal vez por fin entendía, lo que una mujer es capaz de hacer por sí misma y por alguien más. Eso fue lo que, tal vez, lo impactó. Intentaba decir algo, pero no podía. Tuvo que decir cualquier cosa para no perder la conversación.
- No dudo que puedas darle todo a la pequeña. Pero es mi hija también y quiero ayudarte, a ti y a ella. No me siento bien diciendo esto, pero tienes razón, a quien de verdad amo es a Ethel, pero no por eso te dejaré en manos del destino. Quiero que sepas que siempre estaré ahí cuando lo necesites y de verdad me gustaría formar parte de la vida de la bebé. – Respondió Víctor.
- Desde luego, ya te lo he dicho, puedes darle lo que quieras y verla cuando quieras, no te estoy prohibiendo nada. – Dijo Carla.
- ¿Sobre nosotros…? – Comenzaba decir Víctor cuando lo interrumpió Carla casi tapándole la boca.
- No hay nosotros. No lo había y los dos sabemos que no lo habrá. Está bien, sé que te sientes mal con esto, pero entiende que está bien. – Dijo Carla.
Mientras Víctor intentaba contestar a lo que Carla decía, Carla sabía que era momento de irse. ¿A qué se quedaría más tiempo ahí? Ya se había tornado incómodo el aire que seguía deslizándose sobre su cabello.
Justo cuando Víctor iba a decir algo, Carla dijo: -Debo irme, mi tía me espera.-
Víctor ya no contestaría nada, así que lo único que pudo hacer fue ofrecerle llevarla hasta la casa.
- Está bien, el auto está por allá. Yo te llevo. -Dijo Víctor.
- No hace falta, gracias, tomaré el autobús. ¿Sabes? Realmente disfruto el viaje en autobús.- Contestó Carla.

Terminando de decir eso, Carla empezó alejarse, primero mirando hacia atrás, luego viendo hacia adelante, emprendiendo un rumbo fijo, mientras Víctor, paralizado, la veía partir. No dejaba de verla. El sonido del mar, de las aves, del viento y cielo rojizo, marcado por el espléndido sol que deslizaba sus rayos entre las pocas nubes que había, enmarcaron el momento en que Víctor también debía partir.

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