Cada destello dentro de su cerebro intentaba encontrar una respuesta a las cientos de preguntas que invadieron su mente. -¿Qué voy a hacer? ¿Qué pasará con mi carrera? ¿Cómo puedo solucionar esto? Más bien… ¿Existe alguna solución?- No dejaban de fluir las interrogantes a través de las neuronas de Víctor, estaba a al borde de un ataque.
Encontró cerca de él una banca de madera que parecía recién pintada, podría haber percibido el penetrante aroma de la pintura que aún se hacía bastante presente pero en ese momento no podía pensar en nada más. Miraba a su alrededor con tal expresión que cualquiera pudiera haber pensado que estaba totalmente drogado o algo parecido, era como ver un cuerpo sin alma, sin esencia, sin sentido.
Después de que la mancilla del segundero del reloj que llevaba en la muñeca, diera su décima vuelta después de que Víctor se sentó en la banca, Víctor vio la hora y se dio cuenta de que así podían pasar las próximas dos horas y él podría seguir ahí sentado. Regresaba poco a poco del desesperante shock. Miraba a su alrededor, y veía a la gente; gente que parecía como programada para hacer todas las cosas de una manera especial. Sin errores. Sumergido en la desesperación de no estar en su terreno, con miles de problemas azotando su espalda y su cabeza y peor aún, con el temor de no saber cómo regresar a casa un destello de su memoria lo invadió de repente. Probablemente detonado por la inconsciente observación que hacía a su alrededor. -Un mundo Perfecto, un mundo Feliz, Un regalo- pensó. Y entonces, paralelamente, pensaba en aquella ocasión que un libro lo hizo caer al suelo de la manera más tonta posible. Recordó que en algún momento había acordado consigo mismo, hacerle un regalo a la humanidad, ¿Qué cosa? Quien sabe. Pero la respuesta podría circundar no muy lejos de sus vagas ideas.
Víctor es o tal vez era estudiante de medicina, ya nada era seguro. Y ¡Cielos! ¿Cómo un estudiante de medicina estaba tan enterrado entre las hojas de un mundo caótico? Lo peor es que estaba en un mundo Perfecto, un mundo perfecto para todos, pero sin duda, menos para él. Ya era evidente que tenía que afrontar la realidad, una persona no puede ser madura en un momento y desistir al que sigue así que aclaró su cabeza, o al menos hizo un gran intento y entonces se decidió a construir una solución con todo lo que estaba ocurriendo, así podría llegar a la elaboración de su regalo y una mejora para su triste situación.
Se paró de la banca. Miró a la derecha, luego a la izquierda y se decidió a seguir por el lado derecho. Caminaba lentamente mientras observaba a la gente y de vez en cuando una persona le devolvía la mirada. Algunos lo miraban con curiosidad, otros con cautela y otros con rechazo. Era un tanto evidente que la gente podía sentir la imperfección rondando por ahí. Seguía avanzando, esta vez un poco más de prisa, sin embargo, aún se desplazaba lentamente. Sentía los objetos que llevaba en su pantalón y nuevamente, el sentimiento de angustia. Recordó la llamada que prácticamente lo había llevado hasta ahí. A ese tal Zia tan engañoso y ruin. Tramposo. No era momento de pensar en lo que había pasado sino en lo que debía hacer, así que se deshizo de todos esos sentimientos de desprecio.
Unos niños lo pasaron de largo, no iban corriendo pero definitivamente iban mucho más rápido que Víctor. Recordó como era ver a los niños en Galerías Cuernavaca corriendo y riendo en espera de que sus padres cumplieran algunos de sus caprichos. Estos niños del mundo perfecto no eran así, al parecer observaban con detenimiento qué era lo que querían y entonces pensaban en todos aquellos méritos y deberes que debían hacer para conseguirlo. No muchas risas, no mucho entusiasmo, bastante sensatez, eso era lo que proyectaba un simple niño.
El aire proveniente de algún lugar lo golpeaba en la cara, luego en la espalda, pero nada molesto. Así como si la inspiración hubiese llegado con el viento retuvo la mirada en esos niños que aún estaban al alcance de su vista y no pudo evitar hacer una lista mental de las diferencias entre esas criaturas y los niños de la Tierra. Casi al mismo tiempo que analizaba a los pequeños, su memoria lo asaltó con el recuerdo de un sueño o tal vez dos que tuvo hace tiempo. -Genoveva- pensó. Y entonces recordó que en algún momento una chica bastante extraña apareció en su cabeza. Había un notable contraste entre ella y el tal Zia que había conocido un par de horas atrás. Pudo recordar la tristeza, la desesperación y la aguda necesidad de respirar aire limpio de Genoveva, aquella vez que apareció entre sueños. -¡Dios mío!- Exclamó Víctor así mismo. -Por algo haces las cosas; si un ser deberá llevar mi sangre y justo ahora podría decir que ya la lleva, entonces está bien. Saldré de esta.- reflexionó. Ni siquiera se había dado cuenta, en qué momento sus pies dejaron de desplazarlo. Lo que sí sabía es que aquella aventura que lo había conducido a este mar de inquietudes e incertidumbre podría ser una oportunidad para hacer ese regalo. No iba a ser un regalo como el que alguien puede comprar en una tienda, o incluso ordenarlo en línea y saber que llegará dentro de una semana o un mes. Este regalo requerirá una construcción de varios años, y será minúsculo, muy minúsculo, sin embargo, de lo pequeño puede hacerse algo grande.
Regresó la atención que le había prestado a los niños que lo pasaron caminando y se fue mezclando poco a poco con el recuerdo de lo que había vivido y lo que había soñado. Fue en ese momento que estaba determinado a prestar atención al mundo. Más bien, a los mundos. -¡Eso es!- pensó. Haber entendido que en el mundo perfecto podría haber gente como Zia, le hizo reflexionar en qué se basaba la perfección, porque estaba claro que ese individuo no lo demostraba fielmente. Vislumbró un nuevo lugar en donde podía sentarse y se dirigió a el. Su vida era estudiar a las personas, ahora era su tarea. Tendría pues, que encontrar lo mejor de las personas perfectas, lo mejor de sus hábitos, lo mejor de su mundo, de sus vidas. Tal vez en el trayecto o desde el principio también podría encontrar la solución para volver a casa. Eso era, solo debía tomar aquello que de verdad valiera oro. Cuando consiguiera regresar a la Tierra Ethel ya debería estar despierta, tendría que ver a Carla nuevamente y continuar su tarea recordando a Genoveva, intentando verla como había hecho con Zia. Así, lo que tomara de cada mundo y cada persona, lo depositaría en las células que dentro de un tiempo se convertirían en un niño o tal vez, una niña. Esa siembra deberá ser regada y nutrida por suficiente tiempo para que en el momento perfecto de la cosecha, la humanidad se vea enriquecida con algo especial.
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