martes, 4 de octubre de 2011

Cambio de aire

Despierto. Estoy acostada sobre una calle llena de gente que pasa a lado mío sin ofrecerme ayuda. Estoy cansada. Intento recordar qué sucedió, y cómo llegué a la situación en la que estoy ahora. Recuerdo a Ethel, y cómo escribimos nuestros nombres en aquella hoja. “Solo los puros de corazón podrán regresar al lugar en donde más deseen estar al escribir su nombre en aquel árbol”, recuerdo escuchar.
Me levanto como puedo, apoyándome en mis brazos. Observo el lugar, las estructuras, las calles, las personas, su comportamiento. Empiezo a caminar. Estoy perdida, pero a las personas parece no importarles, no se meten conmigo, como si estuvieran respetando mi persona, una cortesía extraña, comparándola con la del mundo de donde vengo.
La gente se comporta muy propia, educada. Las estructuras son muy sólidas, detalladas, finas. Todo está en un supremo orden y funciona con una delicadeza excepcional. Después de un rato, me doy cuenta. Este mundo es perfecto. Reviso los periódicos en un local que me encuentro al caminar un poco y observo que no hay alguna noticia que hable sobre violencia, odio o racismo. Al parecer, esta sociedad ha alcanzado su nivel máximo y está en una perfecta utopía.
Pero yo lo sé. No existe la perfección, y esta no es la excepción. Debe de haber algo, y tarde o temprano lo encontraré. Me detengo en una banca a descansar. Mi cuerpo está agotado. Estoy segura que fue por el viaje que realizamos, ya lo recuerdo. Empiezo a preguntar a las personas que pasan caminando si han visto a Ethel. Se las describo, pero nadie parece haberla visto. Quizás ella no llego acá. Quizás no es lo que ella en verdad quería. No lo sé. Pero lo que sí sé es que debo de investigar más de este lugar.
Veo pasar a un chico del otro lado de la acera. Me apresuro a alcanzarlo. Parece una persona sencilla. Espero me pueda ayudar. Hago un último intento y le pregunto de Ethel. Nada. Me resigno y le pregunto más sobre este lugar, y le comento de mi situación. Él me escucha atentamente y responde de una forma muy calmada. Me dice que en este planeta todo es perfecto y que reciben visitas de otros planetas muy a menudo. Me comenta que hay un lugar muy peculiar donde toda esta gente se reúne, y me recomienda ir ahí.
Le agradezco por su tiempo, y me despido. Estoy decidida, iré allá para ver si de casualidad encuentro a Ethel. Camino por las calles bellamente adornadas, sobre la acera correspondiente, ya que aquí es muy importante el orden, y no pienso perturbarlo. Llego al lugar en cuestión, y me doy cuenta que está lleno de personas, al parecer igual de desubicadas que yo. Empiezo a buscar a Ethel, pero mi búsqueda es infructífera.
Entonces, al llegar al centro del lugar, el cual está adornado por una hermosa fuente, y un árbol aún mas hermoso, frondoso y alto que el que me había llevado hasta este lugar, me doy cuenta que hay una cara familiar. No logro recordarlo al instante, pero lo pienso un poco y me sorprendo. “¡No puede ser!” pienso. Es Víctor. Está aquí.

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