Después de la hermosa canción que cruzó mis oídos, y a través de los míos, espero que también a los tuyos, caí en un sueño angelical, sentía una paz emerger de lo más profundo de mi ser, con un vaivén de emociones y pensamientos en los cuales tú siempre has sido el centro de mi universo.
Ya dentro del profundo océano de los sueños, entré en ese parque, bajo la sombra de un hermoso árbol de pino y el radiante brillo del sol. Me senté en una banca para admirar placenteramente todo lo que me rodeaba en ese instante. Inconscientemente, comencé a tocar mi hermoso vientre y a reflexionar sobre lo que estaba por venir.
Como el agua que brota de la cascada, las palabras comenzaron a fluir de mis labios, describiéndote el paisaje que tenía ante mis ojos: estaba todo lleno de árboles frondosos con una que otra ave cantando sobre ellos, además, flores de bellos e infinitos colores adornaban el sendero. En el fondo del parque, estaba la sección de juegos para los pequeños y fue en ese momento que rompí en llanto, pero no era tristeza al contrario estaba llena de felicidad. Esa felicidad que pone la piel de gallina, la nostalgia y las ganas de tenerte entre mis brazos, que corretearas y brincarás como chapulín entre los pastizales de aquél hermoso lugar. No podía dejar de imaginarte ni mucho menos esperar a tenerte aquí para enseñarte el mundo.
Acariciando nuevamente mi vientre pude decir: “A pesar de toda esta belleza que tengo ante mí, tú eres lo más hermoso que he tenido en toda mi existencia”. Fue entonces, cuando después de pensar en aquellas palabras tan sabias, lo comprendía todo a la perfección y me detuve a ver más allá de todo lo material que tenía, sabía que ésta vez las cosas serían diferentes y que con el paso del tiempo aprendería de ti para apreciar un mundo distinto y lleno de color, desde las cosas más pequeñas e insignificantes, hasta las más complejas.
“Un hijo es una bendición, es aquella que cambia la vida del blanco y el negro a un camino de arcoíris. Aquello que matiza cada movimiento de tus huellas con las suyas, esa es tu familia. Y aún cuando la familia no esté completa, nunca podrás dudar de todo lo que yo sería capaz de hacer por ti. Te amaré y te nombraré mi tesoro más preciado, porque gracias a ti es que puedo ser una mujer plena, satisfecha, luchona y positiva”, seguí diciéndolo en mi interior.
Entre tantas emociones que se encontraban a flor de piel, no pudo faltar esa conexión madre – hija, resultando así, en una patadita en mi vientre que me colmó de emoción infinita, lo cual interpreté como un: “te amo, aquí estoy contigo”.
No hay comentarios:
Publicar un comentario