La encontró sentada en unos escalones de piedra en la calle donde se perdió. No pudo evitar notarla, estaba llorando desconsoladamente. Tantas emociones se desbordaban de sus ojos en forma de lágrimas que no pudo evitar mirarla durante un rato. Nunca antes había visto a alguien llorar de esa forma. De hecho, nunca había visto a alguien llorar sin que tuvieran una sonrisa en el rostro; Zia sólo conocía las lágrimas de felicidad y odiaba eso. Bárbara sintió su mirada pesada después de unos minutos, era imposible no percibirlo, era casi la perfección andante. La plaza era enorme, pero por algunos segundos parecía que sólo estaban ellos dos y su curiosidad. Ella, ojos empapados y sorpresa en su mirar. Él, embriagado de emociones ajenas y deseoso de conocer más.
Se acercó lentamente a ella y al momento de colocar su mano en la larga cabellera de la castaña pareció que le hubiera recorrido una corriente eléctrica a través del cuerpo. Fue como los fuegos artificiales de su planeta, enormes, llenos de color vivos e impactantes. Ella se sintió protegida, querida. Ambos extraños y ambos deseando algo más de lo que podían ofrecerse.
Zia se preguntaba si así era como lloraba Genoveva por las noches, temerosa del espantoso mundo donde vivía, preguntándose si podría sobrevivir un día más en él. Bárbara recordaba las dulces caricias de Víctor a través de su cuerpo y esas sonrisas de lado que le hacían estremecer. Ambos querían a alguien, pero ese alguien no estaba ahí. Tuvieron que encontrarse para semejar un pedazo del todo que querían. Se miraron por mucho tiempo a los ojos, esperando verse reflejados en ojos ajenos, ella en un mar cristalino y él en la desesperación latente. Pretendieron e imaginaron. Imaginaron y pretendieron; ambos se comprendían.
Ella lo guío a un rincón cercano a esa plaza, muy discreto y barato, "privado" fueron las palabras exactas que la castaña utilizó. Al cerrar la puerta tras de ellos se quedaron en silencio reemplazando en sus pensamientos el rostro de su acompañante. Para Bárbara, aquel muchacho de ojos amarillentos, piel pálida y cabello como las noches sin estrellas se convertía poco a poco en un sueño de ojos azules detrás de cristales, en un mar de rizos oscuros y piel de chocolate. Con esa mirada cálida que siempre hacía que un montón de mariposas revolotearan en su estómago. Sonrió involuntariamente por el terrible cliché que había aparecido en su cabeza sin siquiera razonarlo. Víctor, su Víctor.
Zia estaba frente a Gennie, el cabello ondulado y castaño se había recortado hasta formar una maraña descuidada de cabello rubio que se paraba hacia todas las direcciones posibles. Los ojos tristes de una chica de nariz respingada se convirtieron en ojos melancólicos enmarcados por grandes ojeras moradas. El morado era uno de los colores favoritos de Zia.
No tardaron mucho tiempo en unirse llenando el cuerpo del otro con caricias, susurros y besos. Pero la realidad era que no estaban solos, en ese cuarto había cuatro personas uniéndose y amándose.
Bárbara no estaba recostada sobre el extraño con sabor a perfección, estaba con Víctor, que tenía sabor dulce y amargo al mismo tiempo. Lo amaba, lo quería pero sabía que nunca había sido ni sería suyo. Le llamaba por su nombre una y otra vez: Víctor, Víctor, Víctor. Entre sábanas blancas y piernas enredadas estaba él y sólo la amaba a ella, sólo existía su nombre en su vocabulario. No estaban las manchas de Ethel, sólo Bárbara y Bárbara nada más.
Zia no besaba el cuello con olor a fresas, realmente acariciaba la cabellera descuidada de la rubia a quien intentaba ayudar desesperadamente. Recorría el cuerpo terso y suave de Bárbara pretendiendo que era la piel áspera de Genoveva. Sólo respiraba la imperfección que tanto le había atraído, la desesperación en su llamado y las palabras llenas de emoción explotando en su garganta. Inhalaba esperando que todas esas ilusiones se convirtieran en realidad y que de quien realmente se estuviera llenando los pulmones fuera de Gennie. Oh, cuánto deseaba conocerla y que esa misma voz llena de tristeza y dolor pudiera repetir su nombre entre suspiros y deseo. Zia, Zia, Zia. Quería que su nombre se convirtiera en llamados desde otro planeta, repletos de esa misma admiración que él sentía hacia ella.
Y así fue como ambos sintieron una explosión de colores y sensaciones. El calor inundo hasta el último rincón de su cuerpo y existencia. Entre cada "Víctor" y cada "Genoveva" estaban más cerca de su paraíso personal donde estaban ellos esperándolos.
Pero cuando todo ese cúmulo de emociones fraccionadas se desvaneció, estaban ellos dos solos. La rubia y el moreno se habían esfumado del cuarto tan rápido como aparecieron en él y Bárbara y Zia quedaron solos, sin ilusiones recostados en un cuarto solitario con olor a humedad y vacío.
Bárbara fue la primera en ponerse de pie, se vistió, se puso sus tacones y se acomodó el cabello frente al sucio y quebrado espejo de la habitación. Zia se puso todo lo que había dejado olvidado en el piso e inhaló profundo una vez más, esperando que aún quedaran pedazos de Genoveva regados por la habitación, pero encontró que en sus pulmones no quedaba rastro del aroma de la rubia. Se miraron por unos segundos, melancolía teñida en sus rostros y sueños deshaciéndose en su interior; ninguno estaba avergonzado, los dos tenían a alguien más a quien amar sin poder hacerlo, encontraron que habían sido el medio que necesitaba y se sonrieron agradecidos, eran compañeros de un mismo dolor.
Zia abrió la puerta dejando que la chica saliera antes que él. Antes de cerrar se dio la vuelta para buscar de nuevo a Genoveva, mientras que Bárbara buscaba desesperada con la mirada a su Víctor. Se reprocharon en su cabeza y rieron melancólicamente, cerraron finalmente la puerta dejando un pedazo de su alma entre ese papel tapiz desgastado y viejo.
No necesitaron hablar para despedirse, las palabras sólo romperían la burbuja en la que se encontraban pues Bárbara aún podía ver a su sueño, y Zia aún disfrutaba de su ilusión. Volvieron a sonreirse pues sabían que sólo habían ayudado a alguien en su misma situación, habían llenado un vacío ensordecedor en la vida del otro. Ambos se comprendían. Imaginaron y pretendieron.
Pretendieron e imaginaron. Nada más.
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